El pase del batón de la fe

Con una tinta exquisita, el salmista presenta un principio espiritual de gran importancia: “la fe nunca fue diseñada para estancarse, sino para correr de generación en generación”. Esta llama debe correr, propagarse, transmitirse y entregarse como un legado vivo. En muchos sentidos, la vida espiritual puede compararse con una carrera de relevos. Cada generación corre su tramo, pero el éxito final depende de un momento decisivo: el pase correcto del batón.

En el atletismo olímpico, el relevo de 4×100 metros exige velocidad, coordinación y confianza absoluta entre los corredores. En los Juegos Olímpicos de Londres 2012, el equipo jamaicano —Usain Bolt, Yohan Blake, Nesta Carter y Michael Frater— estableció un nuevo récord mundial con un tiempo de 36.84 segundos. Aquella victoria no dependió únicamente de la velocidad extraordinaria de Usain Bolt; dependió también de la precisión con que cada atleta recibió y entregó el batón. Un pequeño error en una centésima de segundo habría significado la derrota.
Las corrientes del siglo XXI desafían a la iglesia de manera similar. La fe pentecostal que hoy vivimos es el resultado del esfuerzo y la fidelidad de hombres y mujeres que corrieron con pasión su tramo de la carrera espiritual.

Esas primeras generaciones vivían apasionadas por la oración, proclamaron el evangelio con valentía y experimentaron el poder transformador del Espíritu Santo. Ellos recibieron el batón de generaciones anteriores, y ahora nos corresponde a nosotros asegurar que ese legado llegue intacto a quienes vienen detrás. El Salmo 78 enfatiza que la fe se transmite contando las maravillas de Dios. Esto implica mucho más que enseñar doctrina; significa narrar testimonios, modelar una vida de oración, cultivar la presencia del Espíritu y demostrar que Dios continúa obrando hoy. Los jóvenes no solo necesitan escuchar acerca de la fe; necesitan verla vivida con autenticidad.

DESDE UNA PERSPECTIVA PENTECOSTAL
Desde una perspectiva pentecostal, el verdadero pase del batón ocurre cuando la nueva generación no solo recibe información espiritual, sino una experiencia viva con Dios. Cuando aprenden a buscar al Espíritu Santo, a discernir su voz y a caminar con Él en medio de un mundo complejo y cambiante. Transmitir la fe también requiere intención. Padres, pastores y líderes espirituales deben crear espacios donde la próxima generación pueda crecer, preguntar, servir y descubrir su llamado.

El legado espiritual no ocurre por accidente; surge cuando una generación decide correr con fidelidad y entregar el batón con sabiduría. Toda generación corre su tramo de la carrera, pero ninguna corre únicamente para sí misma. El verdadero triunfo de la iglesia no consiste solo en correr bien, sino en entregar el batón en forma sincronizada a quienes continuarán la carrera. Si contamos las maravillas de Dios, si vivimos llenos del Espíritu y si formamos a quienes vienen detrás, entonces el fuego de Pentecostés no se apagará. Seguirá avanzando, de corredor en corredor, de creyente en creyente, de generación en generación.

A lo largo de 110 años alcanzando generaciones, Dios ha permitido que la Iglesia continúe esta carrera espiritual. Hombres y mujeres fieles han corrido su tramo con pasión, entregando el batón de la fe a quienes continúan proclamando el evangelio con el mismo poder del Espíritu Santo.
Consistentemente he escuchado a nuestro obispo general, el Rdo. William Hernández Ortiz, decir: “La iglesia que no forma a sus jóvenes para continuar la obra del Espíritu está renunciando a su propio futuro”.

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