Dunamis: un poder transformandor real

La palabra poder, traducida del griego, es dunamis. Este término aparece 120 veces en el Nuevo Testamento y se refiere a “fuerza, poder o capacidad”. Sin embargo, dunamis no es cualquier clase de poder; es un poder milagroso, una manifestación de obras maravillosas.
De esta palabra provienen términos como dinamita, dinamo y dinámico. Jesús declaró:
“Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” — Hechos 1:8
El día de Pentecostés, los discípulos fueron llenos de ese poder cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre ellos, y sus vidas fueron transformadas. Pedro predicó el evangelio y aquel día cerca de tres mil personas fueron salvas.

En aquel momento histórico se manifestó una presencia divina visible en ellos: poder y valentía para ponerse en pie y proclamar la verdad del evangelio. La pregunta que surge es: ¿puede esa manifestación volver a ocurrir? Tenemos que responder con un rotundo ¡sí! Claro que puede. Dios no ha cambiado y Su poder no ha disminuido. El Espíritu Santo continúa actuando con poder en nuestras vidas. La verdad del evangelio sigue cambiando y transformando corazones hoy, y Dios continúa utilizando personas comunes, como tú y como yo, para compartir la verdad de quién es Jesús.

Los discípulos estaban llenos del poder (dunamis), y hoy nosotros, como creyentes en Jesús, también tenemos la bendición de ser llenos de ese mismo poder. No procede de la naturaleza humana, sino de Dios por medio del Espíritu Santo. Las Escrituras enseñan que la obra principal del Espíritu en nuestra vida es dar testimonio de Jesús. Esto no significa únicamente compartir verbalmente el evangelio, sino también vivir de acuerdo con los mandamientos y el ejemplo de Cristo.

En Mateo 28:18–19, Jesús nos dice:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
Muchas veces pensamos en alcanzar individuos, pero Dios piensa en términos de naciones, pueblos y culturas. En otras palabras, como hijos e hijas de Dios, nuestra vocación no se limita únicamente a quienes están cerca de nosotros, sino que se extiende hasta las naciones del mundo.

Es fácil enfocarnos demasiado en nuestra vida personal y olvidar el llamado a alcanzar a otros. Como hijos de Dios, debemos preguntarnos: ¿cómo respondemos al llamado celestial de completar la obra de Cristo? La iglesia necesita desesperadamente volver a ser relevante para nuestra cultura, tal como lo fue en tiempos pasados. En otros momentos de la historia, la iglesia tuvo una gran influencia sobre la cultura y la moral de las naciones. Esto volverá a ocurrir cuando entendamos nuestro papel como hombres y mujeres con mentalidad del Reino.
Hoy estamos demasiado centrados en vernos como receptores de las bendiciones de Dios únicamente para nuestro beneficio. Sin embargo, debemos comprender que somos portadores de esas bendiciones para el bien del mundo. Dios quiere posicionarnos para alcanzar las naciones.

Tomemos a José como ejemplo de cómo Dios desea usar a Su pueblo para influir en todas las áreas de la sociedad. José fue dotado por Dios con sueños que formaban parte de su propósito y destino. Sin embargo, también mostró orgullo y arrogancia en la manera en que manejaba lo que Dios le había dado. Sus hermanos lo vendieron como esclavo. Más adelante, aun en la casa de Potifar, enfrentó pruebas y terminó encarcelado injustamente. El panadero y el copero se olvidaron de él. Pero finalmente, José dio un paso hacia su destino: fue llevado ante el faraón, interpretó su sueño y le presentó una estrategia divina para enfrentar la hambruna. En ese momento se manifestó la gloria de Dios que estaba sobre José, y aquello fue de beneficio no solo para Egipto, sino también para su propia familia.

Dios, en estos tiempos cruciales de la historia de la humanidad, desea hacer lo mismo con nosotros. Es Su voluntad manifestar Su gloria a través de nuestras vidas para bendición de las naciones y de las diferentes culturas, proclamando la verdad de Jesucristo para beneficio de los demás. Entendamos el propósito de Dios y respondamos a Su invitación:
una movilización bajo el poder (dunamis) del Espíritu Santo.

Unámonos… para transformar al creyente y alcanzar a las naciones con el poder transformador del evangelio.

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