
Al celebrar los 110 años de Pentecostés, en Puerto Rico resulta oportuno volver nuestra mirada al escenario de uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la Iglesia. Antes del estruendo del cielo, antes de las lenguas repartidas como de fuego y antes de la proclamación valiente del evangelio, la Escritura nos presenta una característica esencial de aquellos discípulos: “estaban todos unánimes juntos”.

Aquella expresión encierra mucho más que una reunión multitudinaria o una actividad bien organizada. La unidad que describe el libro de los Hechos trasciende la uniformidad externa. No se trataba simplemente de ocupar un mismo espacio, cantar las mismas alabanzas o repetir las mismas palabras.
Era una unidad nacida de corazones rendidos a la voluntad de Dios. Significaba renunciar al interés personal para abrazar un propósito superior: que se cumpliera la voluntad del Señor y no la propia.
Esa sigue siendo la esencia del verdadero Pentecostés. Cuando los creyentes extienden misericordia, comprensión y gracia unos a otros; cuando dejan a un lado diferencias, preferencias y criterios personales para abrazar la misión de Dios, el Espíritu encuentra un pueblo preparado para manifestar Su poder. La unidad no es el resultado del derramamiento; es la atmósfera que lo precede.
La celebración el domingo, 14 de junio de 2026, convocada por la Iglesia de Dios Pentecostal Movimiento Internacional de la Región de Puerto Rico, constituye un testimonio vivo de esa realidad.

Para llegar hasta este momento, muchos han decidido romper barreras, derribar prejuicios y abrir espacios de colaboración entre congregaciones, líderes, concilios e iglesias hermanas. Se ha comprendido que la misión es más grande que cualquier agenda individual y que el Reino de Dios avanza cuando Su pueblo camina unido.
Sin duda, esta conmemoración marcará un antes y un después.
La presencia de Dios, el fuego del Espíritu y el avivamiento serán la bandera que continuará alcanzando generaciones y trascendiendo fronteras.
Hoy la invitación sigue siendo la misma: rindamos nuestra voluntad al Señor y procuremos ese “unánimes juntos” que abre paso al poder transformador de Dios.
