Pentecostés que abraza

EL ANHELO DE UN ABRAZO

Muchos hemos tenido la necesidad de ir a tierras lejanas por distintos medios y circunstancias. Dejamos muchas cosas atrás, entre ellas a nuestros seres queridos; incluso, algunos han perdido la vida intentando alcanzar un sueño.

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.” — Efesios 2:19


Nací en la República Dominicana. Durante mi adolescencia y juventud, fui testigo de innumerables relatos de personas que desafiaban al destino para alcanzar una tierra nueva bajo la promesa de la prosperidad. Mi padre fue uno de ellos; se lanzó al océano en una pequeña y frágil embarcación (yola), sin saber cuál sería el resultado. Siempre nos contaba que lo peor de esa experiencia no fue estar en el mar, náufrago y a punto de morir, rodeado de personas desconocidas, todos armados y dispuestos a hacer lo necesario para sobrevivir.


Según su testimonio, lo más difícil radicaba en un pensamiento persistente: la posibilidad de llegar a una tierra desconocida donde no fuera recibido con amor, carente de ese abrazo cálido que sus hijos le brindábamos al volver a casa. Para él, un abrazo no era un simple gesto; era un bálsamo, un refugio y un puerto seguro.


Dos décadas después, emprendí mi propio viaje, convirtiéndome en extranjero en esta hermosa isla. Sin embargo, a diferencia de mi progenitor, mi llegada fue bajo el amparo de la legalidad y la paz, pues antes de partir ya había abrazado la Verdad que es Cristo. Arribé con el gozo de la salvación y el corazón colmado de esperanzas.


Desde entonces, jamás he conocido la soledad ni el rechazo; al contrario, he sido partícipe del «abrazo de Pentecostés»: esa acogida que integra, que dignifica y que no conoce exclusiones. Como extranjero, he experimentado ese abrazo que da Pentecostés. Ese abrazo que te hace ser parte, que incluye y no excluye.

EL ABRAZO QUE TRANSFORMA

La premisa de un «Pentecostés que abraza», en contraste con un sistema social que a menudo segrega, nos define como una comunidad llamada a amar al prójimo sin condiciones. Ese Pentecostés se refiere a la experiencia de amor y aceptación que experimentamos los extranjeros que hemos sido acogidos, valorados y amados.


Este concepto encarna la experiencia de aceptación que vivimos los extranjeros al ser valorados y acogidos en este honroso concilio. En cada latitud donde se establece una Iglesia de Dios Pentecostal, se manifiesta esta misión de recibir a quienes anhelan a Jesús.
Por más de 110 años, nuestra organización ha sido baluarte de amor para los desamparados. Nacimos bajo este precepto: extender los brazos, no para juzgar, ni excluir, sino para abrazar incondicionalmente.


Un abrazo trasciende lo físico; es un símbolo de seguridad y reconciliación. En las Sagradas Escrituras, representa la acogida absoluta, tal como se ilustra en el retorno del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). Es la manifestación del perdón y la protección divina.


Al observar el éxodo del pueblo hebreo hacia la tierra prometida, percibimos ese amor paternal de Dios, cuyo propósito no era abandonarlos a su suerte en el desierto, sino acompañarlos y habitar entre ellos durante su condición de extranjeros. Pentecostés ha adoptado ese modelo: acompañar y abrazar a quienes caminan sin rumbo, sin fe y sin esperanza.


Si eres extranjero o en algún momento te has sentido solo, sola o excluido, te invito a dejar que el amor de Dios abrace tu corazón y transforme tu vida. Esto se manifiesta en la Iglesia, una comunidad donde las diferencias se disuelven ante el lenguaje del Espíritu Santo, permitiendo que cada individuo se sienta en casa.


En esencia, un «Pentecostés que abraza» es una acción espiritual que te asegura: «Estás a salvo, eres amado, has sido perdonado y eres parte de nosotros».

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