
TIEMPO PARA REFLEXIONAR El inicio de un nuevo año siempre es un tiempo propicio para reflexionar, evaluar y redirigir nuestras vidas hacia propósitos significativos. Más allá de planes personales, ¿qué sucedería si adoptáramos como propósito colectivo el compromiso de ganar almas para Cristo en el año 2025?
La práctica de hacer propósitos al comienzo del año no es nueva, tiene raíces en antiguas civilizaciones aunque nosotros como Iglesia, tenemos una dirección clara en la palabra de Dios.

EN LA ANTIGUA BABILONIA… hace más de 4,000 años, los habitantes de Mesopotamia celebraban el festival Akitu, un evento de doce días que marcaba el inicio de un nuevo ciclo con la llegada de la primavera y la época de siembra. Durante estas festividades, los ciudadanos realizaban juramentos y compromisos públicos, no como un acto de superación personal, sino como promesas solemnes relacionadas con su vida cívica y espiritual. Estos compromisos buscaban restaurar el orden y garantizar la prosperidad, mientras reafirmaban su fidelidad a sus gobernantes y sus dioses. Aunque los tiempos han cambiado, la esencia de reflexionar y trazarse metas como expresión de renovación sigue vigente.
COMO PUEBLO DE DIOS, la perspectiva es diferente, pues los propósitos se centran en agradar al Señor y avanzar en Su reino.
Reflexionemos: ¿qué impacto tendría si cada creyente, desde las damas hasta los jóvenes y los ancianos, abrazara el mandato de Mateo 28:19-20 como el propósito principal para el nuevo año? “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones”. Este llamado es mucho más que una tarea; es el corazón mismo de nuestra misión como Iglesia.

Imaginemos cómo podría transformarse nuestra vida si cada día nos propusiéramos orar por las almas que aún no conocen a Cristo, si identificáramos a alguien cercano que necesita la salvación y actuáramos con amor para llevarlo al Señor. Visualicemos congregaciones donde la pasión por el evangelismo sea el motor de cada actividad, uniendo a los creyentes en campañas y discipulados que reflejan la urgencia de la gran comisión. Pensemos en el impacto que tendría en nuestra nación si cada comunidad de fe se comprometiera con este propósito, trayendo esperanza y luz a través del evangelio.
Cuando la Iglesia asume su rol como auténtica mensajera del Señor, Dios responde con gracia y poder. Como en los días de Pentecostés el el Espíritu Santo se mueve con libertad en medio de corazones dispuestos. Este compromiso no solo transforma a quienes alcanzamos, sino que también renueva el gozo y la pasión espiritual de quienes se involucran. Trabajar en el campo del Señor nos alinea a Su corazón y nos permite experimentar la plenitud de Su propósito.

La Asociación de Damas Mensajeras del Señor les invita a hacer de este propósito una prioridad en el 2025. Juntos, podemos trazar un camino donde cada paso se dirija hacia la salvación de las almas, cumpliendo con la responsabilidad como representantes del reino de Dios.
Que este nuevo año nos encuentre trabajando codo a codo, llevando la luz del evangelio a todos los rincones de nuestra amada isla y más allá. Al hacerlo, recordemos que la recompensa no está en esta tierra, sino en el cielo, donde las almas rescatadas serán testimonio eterno de nuestro amor y obediencia al llamado. Que el nuevo año sea de crecimiento, que seamos instrumentos para extender el reino de Dios y edificar Su Iglesia, alcanzando nuevas almas para Su gloria.
Reflexionemos y actuemos: ¡unámonos en este propósito común para el nuevo año 2025!