
Vivimos en una sociedad que está inmersa en las corrientes del humanismo, el secularismo y el postmodernismo. Estas corrientes no solo han afectado nuestra vida cotidiana, sino que el ambiente eclesiástico ha recibido su influencia, específicamente, en la percepción general que se tiene de las Sagradas Escrituras.
Debido a que la Biblia es una colección de manuscritos de más de 2,000 años de antigüedad y se presenta como un libro en una era de alta tecnología visual y digital, cabe hacerse la pregunta, ¿Sigue siendo relevante la Biblia para las generaciones emergentes? Pero mayor aún cabe preguntar si para nuestras comunidades de fe, ¿Sigue siendo la Biblia relevante?
Cuando se hace un análisis de las manifestaciones litúrgicas en los servicios de adoración, cada vez hay menos espacio dedicado a la lectura pública de la Biblia. Si a esto le añadimos los efectos causados por la pandemia y el desarrollo de lo que yo he llamado la cultura eclesiástica del “Fast Food”, donde venimos al templo con la misma prisa que vamos al servicarro de comida rápida. Donde solo se quiere escuchar de la Biblia aquello que nos levante el ánimo hasta la próxima semana.

A juzgar por estos síntomas, la Biblia se usa de una manera menos prominente. Es como si hubiésemos perdido la confianza en lo que ella dice y enseña. Leer la Biblia y escucharla de forma activa, meditando en ella, es según el criterio de algunos, algo perteneciente al pasado. Entonces no nos debe de extrañar la dejadez que existe no solo en los actos litúrgicos, sino en la vida devocional del creyente. Como diría una expresión pueblerina; “la fiebre no está en la sábana”.
Para nosotros que tenemos en muy alta estima las Sagradas Escrituras, la Biblia sigue siendo relevante para toda generación. Pero, ¿qué podemos hacer para que la Palabra recobre relevancia en esta nueva generación? El gran reto que tenemos como ministros desde nuestros altares, es lograr la contextualización del libro sagrado. Es lograr trasmitir las verdades eternas en el lenguaje de estos tiempos, es penetrar en la mente moderna de nuestros feligreses para que puedan internalizar las verdades impregnadas en el libro sagrado. Es lograr que cada pasaje hable a la realidad existencial de cada individuo.
¿Cómo lo logramos? Los ministros tenemos que recordar que primero y ante todo lo demás, somos ministros de la Palabra y que no podemos permitir que nuestras agendas compitan con el tiempo y la dedicación que le debemos, tomados de la mano de nuestra devoción diaria con el Espíritu Santo podremos darle vida actual a cada historia o relato de nuestro maravilloso manual.

Las situaciones actuales nos demandan no solo contar una buena historia sino aplicarla a la vida del hombre de negocio como al marginado, al joven universitario como al de poca escolaridad y a cada experiencia de la vida humana. En adición, tenemos una responsabilidad apologética para contestar las interrogantes que surgen de las generaciones emergentes.
EL RETO ESTÁ FRENTE A NOSOTROS, solo debemos asumir la responsabilidad para la cual Dios nos llamó en este tiempo crucial.