
JESÚS, EL DIOS PASTOR: ÉL CUIDA DE MÍ
Vivimos en un tiempo de voces abundantes y ruidosas. Las redes sociales, las ideologías y los “influencers” moldean la manera en que muchos piensan y actúan. En medio de ese estruendo, Jesús proclama una verdad que trasciende los siglos: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27). Estas palabras no son solo una afirmación teológica; revelan el corazón de Cristo hacia su pueblo. Desde la fe pentecostal afirmamos que el Buen Pastor sigue hablando por medio del Espíritu Santo (Juan 16:13), quien guía, consuela y forma a los creyentes en una relación viva y transformadora. Su mensaje es multigeneracional: los niños reconocen su voz, los jóvenes siguen su dirección, los adultos sirven con propósito y los ancianos descansan en su fidelidad.

El capítulo 10 de Juan surge en medio del conflicto con los fariseos, quienes habían rechazado al hombre sanado por Jesús. En ese contexto, Jesús contrasta su liderazgo sacrificial con el autoritarismo religioso, mostrando que el verdadero liderazgo espiritual nace del amor, no del poder.
Aquí Él se presenta como la puerta y el pastor que da la vida por sus ovejas. Esta enseñanza revela la profundidad del carácter pastoral de Dios, sostenido por la acción del Espíritu Santo, quien hace real la presencia de Cristo en su iglesia (Hechos 20:28). Gordon D. Fee afirma que “El Espíritu no solo representa a Cristo, sino que actualiza su presencia en medio del pueblo de Dios” (1994). En esto se resume el pastoreo cristiano: Cristo sigue pastoreando a su rebaño por medio del Espíritu Santo.
LA IMAGEN DEL PASTOREO EN LA BIBLIA
El pastoreo es una de las imágenes más profundas de la Escritura. Desde el Antiguo Testamento, muchos de los llamados por Dios fueron pastores: Abel, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y David. Su labor incluía buscar pastos, proteger del peligro, sanar heridas y conocer cada oveja por su nombre. De esa experiencia nació una poderosa metáfora espiritual: “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1). En Ezequiel 34:15, Dios afirma: “Yo mismo apacentaré mis ovejas”. Walter Brueggemann explica que este lenguaje expresa la fidelidad del Dios del pacto, fidelidad que alcanza su plenitud en Cristo, el Buen Pastor que entrega su vida por las ovejas.
EL PASTOR EN LA CULTURA DEL TIEMPO DE JESÚS
En tiempos de Jesús, pastorear era una ocupación común pero marginal. Los pastores vivían expuestos a las inclemencias y eran vistos con desconfianza por no cumplir las leyes de pureza ritual. Sin embargo, su oficio era vital para la economía y la vida en Palestina. Joachim Jeremias señala que, aunque considerados “marginales”, encarnaban valores esenciales como fidelidad, protección y responsabilidad (1969). En el siglo I, el pastor caminaba delante de las ovejas, no detrás. Jesús mismo dijo: “Va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Juan 10:4). Esta imagen revela una relación de confianza, no de coerción. El pastor dormía en la puerta del redil, defendía al rebaño y respondía ante el dueño. Jesús toma esta realidad para ilustrar su entrega: “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10:11). Kenneth E. Bailey observa que Jesús reinterpretó la figura del pastor como un modelo de liderazgo sacrificial y no jerárquico.

EL BUEN PASTOR QUE CUIDA, GUÍA Y TRANSFORMA A SU PUEBLO
Desde la visión pentecostal, el pastoreo no se ejerce por posición, sino por unción. Es el Espíritu Santo quien capacita y hace tangible en la comunidad el cuidado de Cristo. Hechos 20:28 enseña que el Espíritu ha puesto a los pastores para apacentar la iglesia del Señor, recordando que la autoridad pastoral es un llamado espiritual. Amos Yong explica que el liderazgo pastoral pentecostal es una extensión del ministerio del Espíritu, de modo que el pastor refleja el cuidado del Cristo resucitado (2014). Así, el Espíritu sigue guiando, consolando y corrigiendo a su pueblo.
ESCUCHAR… LA VOZ DEL PASTOR HOY
Jesús dijo: “Las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre y las saca” (Juan 10:3). Escuchar al Pastor implica distinguir su voz entre muchas que buscan distraer. El verbo griego akouō no solo significa oír, sino entender y responder. En la espiritualidad pentecostal, este discernimiento proviene del Espíritu Santo (1 Corintios 2:14). Yong añade que este discernimiento es también comunitario: la iglesia aprende a escuchar colectivamente la voz de Cristo (2005). Jesús prometió: “No os dejaré huérfanos” (Juan 14:18); su voz sigue resonando por medio del Espíritu, quien recuerda Su palabra, consuela y guía.
CONOCIDOS POR NOMBRE: UN CUIDADO ÍNTIMO
Jesús llama a sus ovejas por nombre, revelando intimidad y cuidado personal. En un mundo que reduce a las personas a estadísticas, el Buen Pastor mira con ternura individual. El Espíritu Santo continúa ese cuidado: sana heridas, restaura identidades y afirma vocaciones. Frank D. Macchia señala que ser llenos del Espíritu es participar de la comunión pastoral de Cristo, donde Su cuidado se hace tangible en la comunidad (2006). Así, el cuidado pastoral se expresa no solo en la predicación o consejería, sino también en los dones que fluyen en amor (1 Corintios 12).

UNA COMUNIÓN VIVA CON EL BUEN PASTOR
Cuando Jesús declara: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Juan 10:14), emplea ginōskō, un conocimiento profundo y vivencial. Esta relación se experimenta por medio del Espíritu Santo. Romanos 8:15 afirma que el Espíritu nos permite clamar: “¡Abba, Padre!”, confirmando nuestra pertenencia al rebaño de Dios. Horton explica que el Espíritu hace real la presencia de Cristo en el creyente, de modo que esta relación se convierte en una comunión viva y dinámica (1994). Quien conoce al Pastor y ha experimentado su amor, le sigue sin temor.
El pastoreo bíblico siempre fue relacional. En Israel, las ovejas no eran amarradas con sogas; seguían la voz del pastor. Bailey señala que, entre los pastores beduinos, un solo llamado bastaba para reunir al rebaño. Joachim Jeremias explica que esta práctica era móvil y cercana: las ovejas caminaban libres, pero bajo la mirada del pastor. Así también, el creyente camina en libertad bajo la dirección amorosa del Buen Pastor.
UN PASTOR QUE TRANSFORMA Y RESTAURA
El Buen Pastor no solo guía: transforma. No solo habla: restaura. Su voz sigue viva en su iglesia por medio del Espíritu Santo, quien llama, une y renueva. Jesús camina delante de nosotros, y cada generación —niños, jóvenes, adultos y ancianos— puede seguirle con gozo, seguros de que Él nunca abandona a los suyos. “Y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Juan 10:16). Que, en medio del ruido del mundo, podamos seguir escuchando Su voz y declarar con confianza: “El Señor es mi pastor, nada me faltará” (Salmo 23:1).