
EL HOMBRE PUENTE
En la vida, hay quienes construyen muros, y hay quienes se convierten en puentes.
Jorge Burgos Ruiz fue uno de esos hombres que eligieron tender su vida como un camino para otros. No solo sobrevivió a la guerra: sobrevivió al dolor, al olvido y a la muerte, para convertirse en un embajador de la esperanza y la redención. Esta es la historia del primer Capellán Ordenado de la Iglesia de Dios Pentecostal M.I., un hombre que llevó consuelo y esperanza a los sitios más olvidados, donde la presencia de Dios parecía lejana.

RAÍCES DE PROPÓSITO
Jorge nació el 22 de febrero de 1946 en Cayey, Puerto Rico, hijo de Antonio y Paula. Tras graduarse de la escuela Benjamín Harrison, ingresó al ARMY siendo muy joven. Se especializó como paracaidista y fue asignado a Vietnam, donde su historia tomaría un giro crucial.
UN SALTO AL VACÍO
Era la época de la Guerra de Vietnam. Desde un avión C-130, Jorge descendía al campo de batalla. Convencido de luchar por la justicia, no imaginaba que un viento adverso lo llevaría a territorio enemigo. Fue capturado, declarado M.I.A. (Missing in Action —desaparecido en combate ) y torturado durante siete meses.
En el Día de las Madres, su madre recibió una carta junto con medallas en su honor, creyendo que había muerto. Pero Jorge seguía con vida. Dios aún no había terminado con su historia.
UN ESCAPE, UN MILAGRO
Con ingenio y valentía, planificó su fuga con la ayuda de un niño vietnamita, enfrentándose al reloj como promesa. Caminó exhausto hasta desmayar por deshidratación. Fue rescatado por soldados estadounidenses, trasladado a una base en Alemania, luego a Alabama y, finalmente, regresó a su amado Puerto Rico.

UN LLAMADO QUE TRANSFORMÓ SU RUMBO
Al regresar a Cayey, Jorge conoció a Magalis Carrión, con quien se casó el 19 de noviembre de 1975.
Juntos aceptaron al Señor el 3 de abril de 1982, convirtiéndose en miembros comprometidos de la congregación de La Lomita y permaneciendo fieles a Dios.
Jorge, quien tenía un grado en contabilidad y colaboraba con su padre en el negocio familiar, comenzó a experimentar un llamado profundo al servicio cristiano.
Fue entonces cuando decidió formarse en el Instituto Bíblico MIZPA (hoy Universidad Pentecostal Mizpa – UPM), donde profundizó en la Palabra y se preparó ministerialmente, dando los primeros pasos hacia lo que se convertiría en su obra ministerial más duradera: el servicio como capellán.
Ese llamado no quedó en teoría: lo llevó a la acción inmediata. Cada viernes predicaba en la plaza de Caguas, proclamando el Evangelio con convicción y compasión. Más adelante, su esposa y varios hermanos de la iglesia se unieron a él, haciendo de ese acto un verdadero ministerio callejero. Su evangelismo era directo, constante y lleno de fuego —un puente entre la vida cotidiana y la esperanza eterna.
EL PUENTE HACIA LOS OLVIDADOS
EEl Rdo. Julio Figueroa fue un ángel de puerta a un nuevo capítulo en la vida de Jorge, facilitando su llegada en calidad de capellán a la cárcel regional de Guayama, y luego en la cárcel municipal de Caguas y en la Institución Máxima de Bayamón. Su entrega y sensibilidad pastoral pronto lo llevaron a ocupar un rol clave: tras la renuncia del capellán de la Institución 308, Jorge asumió la responsabilidad del ministerio carcelario, labor que desempeñó durante 19 años, siempre acompañado de su esposa, quien impartía clases bíblicas a los confinados.
Durante ese tiempo, fundó el Ministerio de Justicia, enfocado en llevar consuelo y esperanza no solo a los presos como a sus familias, y lanzó el periódico “Desde Más Adentro”, una publicación escrita desde las entrañas de la prisión para dar voz al evangelio y a los testimonios de ese tiempo.
Su incansable dedicación fue reconocida con su ascenso a Capellán 3, y luego a Capellán 4. Además de atender a los confinados, diseñó un equipo interdenominacional para ampliar el alcance del ministerio, incluyendo visitas al área norte y zonas con VIH.
Meses adelante, Jorge fue nombrado supervisor de capellanía de la región norte, donde coordinaba las labores en varias instituciones, entre ellas: la 308, 448, 172 y la 292. Mientras servía como tal, su supervisión se expandió aún más, hasta incluir la cárcel de mujeres de Vega Alta.
Predicó en todas las cárceles del país, llevando la luz del evangelio a los rincones más oscuros. Uno de sus mentores más visibles fue Marcelino Martínez, quien también fue capellán y amigo entrañable.
Su hijo, Jorge, comenzó a acompañarlo a los cultos carcelarios desde su adolescencia, absorbiendo de su ejemplo. Hoy, es pastor y también decano de formación estudiantil en la Universidad Pentecostal MIZPA, reflejo de un legado que continúa cruzando generaciones.

DEL CAMPO DE BATALLA AL ALTAR DE LOS MILAGROS
En 1999, Jorge enfrentó una nueva batalla—esta vez, contra su propio cuerpo. A causa de la exposición al Agente Naranja durante la guerra de Vietnam, fue diagnosticado con fallo hepático. En una evaluación médica en Miami, los doctores descubrieron un tumor inoperable ubicado cerca de los conductos biliares. El diagnóstico era sombrío. Pero donde la medicina no podía, Dios comenzó a obrar.
Durante tres días, en cue, fue trasladado a Richmond, Virginia, con la esperanza de recibir un trasplante de hígado. Pero lo dieron por inoperable, ni siquiera pasaría al salón del quirófano. Mientras otros esperaban en silencio, él predicaba en el hospital y en los pasillos del hospital, oraba y evangelizaba con enfermos, familias y personal médico. Más de 40 personas de diferentes nacionalidades escucharon de Cristo por medio de ese ministerio nacido entre el tiempo. Fue en medio de esa espera que ocurrió algo extraordinario. Su esposa recibió un mensaje profético de sanidad, lo ungió con aceite y oró por él con fe ferviente. Dios, una vez más, no tardó en responder.
EL DÍA DEL MILAGRO
Un día antes de la cita para transporte público, alguien lo identificó como cristiano y lo invitó a orar en una iglesia local. Al finalizar, recibió la noticia que nadie esperaba: había un donante compatible. La congregación se unió en oración e intercesión, y lo que ocurrió después fue nada menos que un
milagro. La cirugía, que los médicos estimaban duraría 18 horas, concluyó en menos de Jorge sanaba, y al día siguiente, ya estaba caminando dentro del área de 122 puntos. Lo que para otros requería un mes de hospitalización, él lo superó en solo siete días. Fue dado de alta con asombro médico
y gratitud inquebrantable. Dios le regaló 12 años más de vida.
UN ASCENSO DIVINO
En 2004, fue ordenado Capellán 7, el primero en la historia del concilio IDPMI. Jorge lo llamó el día más feliz de su vida, después de el nacimiento de sus hijos. En 2012, el cielo lo recibió a sus 66 años. Pero su legado no se detuvo allí.

UN PUENTE ETERNO
Jorge amaba el mar, la pesca y, sobre todo, a Dios. Su rincón favorito era Seven Seas, Fajardo, donde hallaba paz cada sábado. Fue un excelente hijo, hermano, esposo y padre. Como le confió a su hermana Esther, con la convicción de quien ya había atravesado el fuego: “Cuando yo muera iré al cielo, porque ya he estado en el infierno”. Y así se fue. Hoy, su vida sigue siendo un puente firme por el que muchos aún cruzan: presos, pastores, hijos espirituales y generaciones que han sido tocadas por su amor y entrega.
Como capellán, Jorge Burgos no solo asistió espiritualmente a los más necesitados, sino que entendió su llamado como una forma de evangelismo encarnado. No predicaba desde una distancia segura; caminaba junto al dolor humano, escuchaba, lloraba, intercedía. En cada celda, en cada pasillo, en cada plaza, en cada hospital, Jorge se convertía en un puente viviente; uniendo el quebranto con la esperanza, el pecado con la gracia, y las almas con su Salvador. Su servicio no fue simplemente un acompañamiento pastoral; fue una evangelización en su forma más pura y práctica.
TÚ TAMBIÉN PUEDES SER UN PUENTE
Como Jorge, puedes vivir una vida que conecte a otros con Dios. Entrega tu vida al servicio, cruza tus propios valles de prueba con fe y ama a Cristo sobre todas las cosas. Sé un puente. Y permite que muchos lleguen a la esperanza eterna.

