Más allá del púlpito… el corazón y la humildad del pastor

MÁS ALLÁ DEL PÚLPITO

Es muy pertinente hablar con transparencia sobre la realidad del ministerio, en lugar de seguir alimentando una utopía. Esta no es más que una idea atractiva que habita en la mente, pero que rara vez resiste la prueba de la vida real. Sin embargo, a lo largo de los años, esa imagen irreal ha sido proyectada sobre la figura pastoral: el hombre o la mujer que no llora, no se cansa, no se equivoca; siempre impecable, vestido formalmente, ubicado en el altar antes de que llegue la congregación, listo para dirigir el culto, predicar, exhortar, corregir y mantener un comportamiento intachable, sin mostrar debilidad alguna.

Esa imagen, más propia de una pieza de museo que de un ser humano, ha puesto un peso innecesario sobre el pastor, su cónyuge y sus hijos. Se espera que los hijos sean el reflejo perfecto de ese modelo impuesto y que el cónyuge permanezca en silencio absoluto, sin queja alguna.

Yo, no hablo desde la teoría, sino desde la vivencia: he visto y he vivido la vida pastoral desde todos los ángulos posibles —hijo de pastor, pastor por más de 43 años, hermano, padre y tío de pastores— y, en mi responsabilidad como obispo, he acompañado de cerca a muchos siervos y sus familias en las alegrías y los desafíos del ministerio.

LA HUMANIDAD DEL PASTOR

El pastor siente, se cansa, se enferma, se alegra y llora como cualquier otra persona. No somos hombres y mujeres invencibles ni de acero. Tenemos sentimientos, nos agotamos, necesitamos descanso y también vacaciones. Enfrentamos frustraciones, noches sin dormir, enfermedades, traiciones y pérdidas.  Somos tan  humanos  como  aquellos  a  quienes servimos, y esa realidad no nos debilita: nos recuerda nuestra constante necesidad de la gracia de Dios.

El apóstol Pablo lo expresó en 2 Corintios 11:21–30, narrando cómo fue encarcelado, azotado, apedreado, naufragó, pasó hambre, frío y enfrentó peligros de todo tipo. Y, además, cargaba cada día con la preocupación por todas las iglesias. Y concluye diciendo: “Si de algo hay que gloriarse, me gloriaré de las cosas que demuestran mi debilidad.” — 2 Corintios 11:30

En otro pasaje, Dios le recordó que no era su fuerza lo que sostenía el ministerio: “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.” — 2 Corintios 12:9, DHH94I

Todo lo antes expresado no busca señalar ni quejarse, sino invitar a que todos —tanto la congregación como el mismo pastor— a que reconozcamos nuestra humanidad con sus imperfecciones y debilidades.

LA HUMANIDAD QUE POCOS VEN

En el púlpito, mi padre —pastor de acero ante los ojos de muchos y fiel ministro de la Iglesia de Dios Pentecostal, M.I. hasta el último día de su vida— se veía fuerte, firme y seguro. Pero en casa veíamos sus lágrimas, su enojo ante las injusticias, sus momentos de querer huir y desaparecer, las traiciones que lo hirieron profundamente y el dolor del rechazo.

Y, sin embargo, también veíamos un corazón sensible a Dios, fiel a la Iglesia, leal a su familia y comprometido con la organización que amó y sirvió. Un hombre que, aunque herido, seguía firme en el llamado que Dios le había hecho y que, en obediencia al Señor, eligió perdonar a quienes lo habían lastimado, recordando las palabras de Efesios 4:32: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”

Lo que todos debemos hacer no es vivir angustiados, con rencores y malestares, sino con total reconocimiento y dependencia del Señor que nos llamó.

DAVID: UN PASTOR QUE SUPO LLORAR

El Salmo 55 nos abre una ventana al corazón de David, un líder herido por la traición de un amigo cercano: “Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado;… Sino tú, hombre, al parecer íntimo mío… andábamos en amistad en la casa de Dios.” — Salmos 55:12-14, RVR1960 David no escondió su dolor. Lo llevó a la presencia de Dios: “Escucha, oh Dios, mi oración… Clamo en mi oración, y me conmuevo.” — Salmos 55:1-2, RVR1960

No  siempre  podemos  cambiar  las circunstancias, pero sí podemos decidir cómo reaccionar ante ellas. El problema no es solo lo que nos sucede, sino cómo lo enfrentamos. Nos ayude Dios.

EL REFUGIO DEL PASTOR

En medio de las tormentas, hay un lugar donde el pastor puede correr: al altar de la oración. “En cuanto a mí, a Dios clamaré; y Jehová me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz.” — Salmos 55:16-17, RVR1960 Ese es el llamado para cada pastor: reconocer nuestra humanidad, pero también vivir en dependencia total de Dios, nuestro fiel ayudador.

PASTORES CON CORAZÓN

Ser pastor no significa ser perfecto, sino ser fiel. Significa reconocer nuestras debilidades y, como David, echar sobre Jehová nuestras cargas.  Y como lo expresa con ternura y claridad la Traducción en Lenguaje Actual:

“Mi amigo, te aconsejo que pongas en manos de Dios todo lo que te preocupa; ¡él te dará su apoyo! ¡Dios nunca deja fracasar a los que lo obedecen! ¡Por eso siempre confío en él!” — Salmos 55:22, TLA Confiar nuestras cargas a Dios no es un acto de resignación, sino una declaración de fe: que Su fuerza es más grande que nuestra fragilidad, y que en Sus manos siempre encontraremos descanso y fortaleza para seguir sirviendo.

¡Crezcamos…!

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