
La búsqueda de notoriedad, el deseo de ser reconocido y alcanzar la cima social reflejan la ambición del ser humano, cuyo objetivo final es obtener un lugar de preeminencia y respeto en la sociedad. (Es en el corazón donde se albergan una infinidad de sentimientos y deseos).
Marcos 10:45 revela que esta misma perspectiva fue la que tuvieron los discípulos de Jesús cuando Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, hicieron su solicitud. Jesús, al llamarlos, les dijo: “Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros; al contrario, el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.” Marcos 10:43
La corrección de Jesús tenía el propósito de transformar el enfoque de los discípulos, invitándolos a internalizar las reglas del reino de Dios, que son diametralmente opuestas a los deseos mundanos de grandeza y poder. “En el reino de Dios, el que quiera ser grande debe ser servidor, y quien quiera ser primero, debe ser siervo de todos”.

Esta enseñanza muestra que la postura de Jesús es contraria a la del mundo. Sus estándares son superiores, mucho más elevados que los que la sociedad humana ha establecido. Jesús invita a sus discípulos a ejercitar una vida de servicio, pues es el único camino que los llevará a la verdadera grandeza. “En el reino de Dios, la preeminencia es la recompensa por vivir en obediencia, como un siervo completamente subordinado a Su voluntad”. Y esa voluntad es clara: que sus seguidores se despojen de todo egoísmo y lo sustituyan por un servicio de amor genuino y compasión hacia los demás. Los discípulos deben ser diligentes en procurar actuar con prontitud ante las necesidades de los demás, sin esperar pago ni recompensa. El servicio cristiano implica dedicación, entrega y la disposición de servir con la misma pasión con la que Jesús vino a hacer la voluntad de Su Padre.
El llamado de Jesús a sus discípulos era para que se enfocaran más en los demás, buscando que otros se interesaran en los asuntos del reino de Dios. Quería que lo imitaran, como Él mismo lo expresó: “No vino para ser servido, sino para servir.”

El modelo perfecto de servicio es Jesús: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 22:27). Vivir para Dios implica servir a los demás. Creceremos en servicio a medida que dedicamos tiempo a cultivar una relación profunda con Él, demostrando dedicación y compromiso con Su obra. Nuestro servicio, al proclamar el mensaje de vida y acompañarlo con un testimonio de entrega, será una contribución fundamental para formar familias y comunidades de fe saludables, que dejarán un impacto positivo en la sociedad.
El servicio no es solo un acto aislado, sino una actitud que nace del amor, la humildad y el deseo de poner las necesidades de los demás antes que las propias. Jesús, el Hijo de Dios, quien tuvo todo el poder y la gloria, se despojó de su grandeza para venir al mundo a servir, dando Su vida por nosotros. Esta es la medida de Su amor y la esencia del verdadero liderazgo.

Crezcamos, no buscando la exaltación personal ni un lugar de prominencia, sino siendo instrumentos de bendición y ayuda para los demás. Al igual que Jesús, somos llamados a servir y a dar de nosotros mismos sin esperar nada a cambio, sabiendo que en ese acto se encuentra el verdadero propósito y la plenitud.
Reflexionemos sobre cómo podemos crecer, no en ego ni en reconocimiento, sino en servicio. ¿Cómo podemos ser más como Jesús, dispuestos a dar sin reservas?
CREZCAMOS EN SERVICIO; al hacerlo, creceremos en carácter, en amor y en nuestra relación con Dios y los demás.