Más que hijos de pastores… Discípulos de Cristo

Ser hijo de pastor es una bendición. No porque sea la mayor aspiración que alguien pueda
tener en la vida, mucho menos porque sea una posición merecida, sino porque somos parte de una familia que Dios decidió escoger y capacitar para administrar y guiar con gracia, amor y
misericordia a otros.

Somos bendecidos porque nacemos en un entorno de servicio, precisamente aquello que Cristo modeló durante su paso por esta tierra y que deseaba que sus
discípulos imitaran.

Gerardo Alexis Vázquez González

Un discípulo es un estudiante o seguidor activo de un maestro o líder. Como hijos de pastores, tenemos uno de los privilegios más grandes: SERVIR a una comunidad
de fe por medio del llamado de nuestros padres. Somos seguidores activos que deseamos cumplir Su propósito en aquello que se nos delegue. Por encima de todo lo que podamos alcanzar en esta tierra, no hay título más importante que ser DISCÍPULOS, seguidores del Maestro.

Hay un suceso bíblico que siempre me ha marcado porque refleja el corazón de los discípulos, quienes deseaban imitar al Maestro y hacer lo correcto. Ese anhelo queda reflejado en la petición de uno de ellos: “Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.” Lucas 11:1 (RVR1960) En respuesta a este verso bíblico, mi pregunta siempre ha sido: ¿qué vieron los discípulos en Jesús por medio de la oración? La intención de los discípulos no era solo andar cerca de Jesús, sino aprender de Él y hacer lo que Él les modelaba.

La cercanía provoca intimidad, y la intimidad revela la realidad de un corazón. Solo un discípulo entiende la intención del corazón de su maestro. Es por eso que los discípulos anhelaban estar cerca de Él, caminar con Él y aprender de Él. Por tal razón, nuestro anhelo va más allá de ser solo los hijos del pastor; nuestro anhelo es ser aquellos que imitan lo que les enseña su Maestro.
Porque el llamado de nuestros padres NO reemplaza el llamado de Dios hacia nosotros. Un día el ministerio de nuestros padres llegará a su fin y, cuando culmine, ese no será nuestro final, porque lo que Dios ha depositado en nosotros responde a quienes somos en Él y no simplemente a que somos hijos de ministros.

Los hijos de pastores no solo somos los hijos del líder de la iglesia; somos aquellos que cada día decidimos levantarnos, negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo. Jesús mismo expresó: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.” Lucas 14:27 (RVR1960) Nuestra identidad no viene de quienes son nuestros padres ni proviene de una credencial ministerial; nuestra identidad proviene de Aquel que entregó TODO por nosotros. A Él seguimos, por Él vivimos y a Él servimos. No elegimos nacer en el hogar de un pastor, pero sí elegimos seguir a Cristo.

Nuestro mayor logro nunca será que nos reconozcan como “el hijo del pastor”, sino que en el cielo nos conozcan como discípulos fieles de Jesús. Cuando el ministerio de nuestros padres ya no esté frente a nuestros ojos, nuestra relación con Cristo seguirá siendo lo único capaz de sostenernos. Porque por encima de cualquier título, apellido o responsabilidad, somos llamados a caminar detrás del Maestro.

Jesús dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos.” Juan 8:31 (RVR1960) Por lo tanto, más que hijos de pastores, somos DISCÍPULOS DE CRISTO.

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