
Muchos estudiosos de la cultura contemporánea vaticinan que el siglo XXI estará marcado por el cambio y la incertidumbre y que la vida humana tomará un rumbo muy distinto al que estamos acostumbrados.
Ante esta situación tan inestable, nos surgen algunas preguntas: ¿Podrá la Iglesia cristiana mantener sus pautas y modelos tradicionales? Antes estos cambios, ¿La gente de nuestra Iglesia permanecerá igual? ¿Qué expectativas se tendrá de nuestros educadores? ¿Cómo se preparará el liderazgo cristiano para poder enfrentar estos nuevos desafíos?

Ante todas estas interrogantes, la Iglesia está siendo desafiada a dar respuesta de su fe. A través de la historia, y en medio de diversas circunstancias e incertidumbres, el cristianismo ha sido confrontado. Se le ha hecho reflexionar, reevaluar y reorientar su existencia. Esta declaración no implica una renuncia a nuestros principios o valores morales, más bien, es un análisis crítico de nuestra existencia histórica. La Iglesia es una voz de protesta profética ante una sociedad siempre en tensión y crisis.
En la Iglesia se cumplen cabalmente las palabras del Señor Jesucristo: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Juan 15:18). Y también cuando declaró: “vosotros sois la luz del mundo…la sal de la tierra” (Mateo 6:13-14).
1 El siglo XXI, el cual ha sido denominado como la “época posmoderna”, estaría caracterizado, en primer lugar, por la desconfianza hacia lo establecido, y por lo tanto, hoy en día, a la gente ya no le importa la tradición, ni las costumbres que regularmente exigía la sociedad.
2 En segundo lugar, el ser humano del siglo XXI se caracteriza por su amor a la velocidad, todo se hace en un instante, el concepto de la temporalidad se ha deteriorado cada vez más. Las personas del siglo XXI no son pacientes, esperan un resultado instantáneo que satisfaga su expectativa instantáneamente.
3 En tercer lugar, los nacidos en el siglo XXI se informan digitalmente, la televisión e Internet se convierten en un alimento intelectual para ellos. Para el hombre y la mujer de este siglo el conocimiento ya no se da tanto por escrito ni por ningún discurso, se aprende por vía audiovisual. No obstante, el hombre y la mujer del siglo XXI no saben qué hacer con ese conocimiento, la información es llana e incoherente, sin provocar ninguna transformación en la vida individual y social del sujeto.

4 En cuarto lugar, el hombre y la mujer del siglo XXI es anti estructural, muestra un fuerte rechazo hacia lo jerárquico y lo estructurado, puesto que lo considera opresivo. No se identifica con las organizaciones existentes que demandan la fuerte adhesión y el vínculo, se caracterizan por la búsqueda de la relación fluida y emocional, en el ámbito eclesial, los creyentes ya no dan mucha relevancia a las denominaciones.
5 En quinto lugar, la persona del siglo XXI es buscadora de la felicidad y de la libertad, ha llegado el tiempo del fi n de la cultura del compromiso y del sacrificio. La gente busca estar bien consigo misma y con los demás, pero no en base a convicciones ideológicas.
El ministerio educacional de la Iglesia, no puede permanecer callado e inmóvil ante el cambio de todas estas actitudes humanas, la población actual está cambiando, las personas son muy diferentes. Ante esta realidad, es muy importante que el maestro tenga estos cambios, bien presentes y pueda reflexionar sobre qué aspectos deberá modificar para mejorar su enseñanza.
Por lo tanto, debemos concluir diciendo, que la educación cristiana es LA ESPERANZA ante un mundo que vive en confusión e incertidumbre.