
La función principal de un maestro cristiano es la de enseñar las Sagradas Escrituras (la Biblia). Para poder cumplir con este propósito principal, es necesario, conocer muchos de los contenidos bíblicos. Cuando se habla de contenidos bíblicos, se hace referencia a: el lenguaje utilizado (hebreo, griego, arameo), las culturas (hebrea, cananea, egipcia), la geografía y la topografía, el autor de algún libro, las expresiones idiomáticas, la teología tanto del A.T. y del N.T., la religión judía, la diversidad de signifi cados de una palabra, en fi n, un gran número de variantes que hay que considerar en el proceso de interpretar una lección.
Veamos el reto que nos presenta 2 Timoteo 2:15, vamos a leer el texto en dos versiones distintas para ampliar su significado:
“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. (Reina Valera 1960).
“Haz todo lo que sea posible para presentarte ante Dios aprobado, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse porque interpreta correctamente la palabra de Dios”. (Nueva Biblia Viva).

Con la intención de brindarles herramientas, en esta tan delicada tarea, primeramente, la de ser maestro y segundo, la de ser un buen intérprete, les comparto los siguientes principios. Estos principios de carácter hermenéuticos son reglas que los maestros deben tener presente, al estudiar las lecciones bíblicas, para luego compartir con sus respectivos grupos de estudiantes. Veamos a continuación cinco principios hermenéuticos:
• Primer principio: El significado dado por el propio autor a sus palabras es indiscutible. Hallamos un ejemplo en Hebreos 5:14, donde el escritor sagrado define “teleion” en griego (madurez), como “para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados con el discernimiento entre el bien y el mal”, es decir, «los que han alcanzado madurez», como bien se traduce en la versión Reina Valera 1960.
• Segundo principio: El sentido de muchos términos es determinado a menudo por otras palabras, expresiones o frases que se unen a las primeras como complementos. Así, cuando Pablo se refi ere al estado de muerte en que se habían encontrado los efesios, aclara la naturaleza de tal estado añadiendo a “muertos” “en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2: 1).
• Tercer principio: Este principio es de aplicación no sólo a palabras, sino también a frases enteras. Cuando en Juan 7:38 se dice de quien cree en Cristo que “de su interior correrán ríos de agua viva”, inmediatamente después se señala el sentido fi gurado de la frase: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él” (v. 39). De este modo un texto que podía haber resultado enigmático se nos presenta con absoluta claridad.
• Cuarto principio: En algunos casos, el sentido de las palabras se descubre por vía de contraste o de oposición. Cuando en 2da Corintios 5:2 escribe Pablo acerca de “nuestra habitación celestial”, ¿hemos de entender, como han hecho algunos, pensando en los pasajes paralelos de Juan 14:2, Lucas 16:9; Hebreos 11:10 y Apocalipsis 21:10, que se refi ere al cielo mismo? No es aconsejable recurrir a paralelos que pudieran desfigurar el sentido de una palabra o de una frase cuando el contexto inmediato nos ofrece luz adecuada para la interpretación.
En el pasaje que estamos considerando la luz surge del contraste al compararlo con el versículo anterior, en el que la “morada terrestre, este tabernáculo” se refi ere sin lugar a dudas al cuerpo físico del creyente. Una vez “deshecho” este tabernáculo, el creyente redimido queda “desnudo” (v. 3), despojado de la tela de su tienda. La “habitación celestial”, por lógica, no puede ser otra cosa que el nuevo cuerpo de la resurrección que los creyentes en Cristo recibiremos un día. Tal interpretación, nacida de un ajustado contraste, tiene un paralelo adecuado: 1ra Corintios 15:47-54

• Quinto principio: Los sinónimos deben ser cuidadosamente examinados. A menudo, como sucede en cualquier lengua, algunos pueden intercambiarse sin que se altere el significado; pero hay que recordar, la aseveración de los lingüistas de que apenas se pueden encontrar palabras que tengan exactamente el mismo sentido. Cada una tiene su matiz especial. Y el intérprete hará bien en prestar atención a esa diversidad de matices.
Es bien conocido el diálogo de Jesús con Pedro junto al lago de Tiberiades (Juan 21: 15-17). En la conversación se usan dos sinónimos que en la versión Reina Valera 1960 se traducen indistintamente por “amar”. En la pregunta de Jesús hallamos el verbo agapao; en la respuesta de Simón Pedro, fi leo. Algunos exegetas opinan que los dos verbos expresan la misma idea y menosprecian cualquier significación especial en la diferencia de términos.
Por eso en algunas versiones se traduce la respuesta de Pedro (filó se) por “te quiero”, en vez de “te amo”. Creemos que tal distinción es atinada, pues la diferencia entre los dos sinónimos refl eja, por un lado, el ideal que Jesús pone ante Pedro; por otro, resalta el realismo del apóstol, consciente de sus limitaciones en su vinculación con el Señor.
Pero en el momento de hacer exégesis de un texto, a veces convendrá enfatizar el matiz concreto del término usado en él, siempre que ello no conduzca a interpretaciones arbitrarias o divergentes de la que impone el contexto. En el estudio de palabras sinónimas son de inestimable utilidad los diccionarios especiales o las concordancias que los contengan.
Conclusión: Cuando el significado de una palabra no puede ser precisado por ninguno de los principios anteriores, debe deducirse, considerando cada una de sus acepciones y escogiendo la que mejor cuadre con el contexto, la que dé mayor coherencia al conjunto de la sección en que el pasaje se encuentra.