Escrito por: Rdo. Héctor Falú Cruz, MCCP, MM, MABS, M Div | Pastor IDPMI km.8 Bayamón | Presbítero Distrito de Bayamón
L a mayoría de los obreros trabajan fuerte con la esperanza de tener su última hora de la jornada libre de toda obligación. ¡Es hora de recoger!, exclaman algunos. Y se programan para tener esa hora libre, porque habrá otro día para concluir cualquier labor que quedó sin terminar. ¿Determinará esta acción el grado de eficiencia de ese obrero? ¿Afectará adversamente la productividad de la compañía? Todo depende de la necesidad y de las exigencias del momento. Cuando leemos este relato parabólico, existen varios detalles que merecen ser resaltados: un señor que es padre de familia y dueño de una viña. Reconociendo que había mucho trabajo que realizar, sale a la “ofi cina de desempleo” (la plaza) a buscar obreros. Es interesante notar que este hacendado encontraba potenciales empleados a toda hora. Gente que no perdía la esperanza de “sudar por el pan del trabajo” aunque fuese por un puñado de horas. Otro detalle resaltable era que el convenio verbal era igual para todos: un mismo salario, una misma hora de salida y un mismo esfuerzo exigido. Lo único diferente era la hora de entrada. Este último detalle es crucial. Sin considerar “el resumé” de cada obrero, pero sí su disposición a trabajar, el Señor de la Viña los utiliza entendiendo que cada hora era crucial y cada obrero era importante para la misión: COSECHAR LA VIÑA

¡QUE NO SE PIERDA LA COSECHA!
Y aun con la fatiga del día y el calor el momento, la misión seguía en pie, mientras declinaba el día. ¡Que no se pierda la cosecha! era la consigna del momento. Pero preguntamos: ¿qué podían aportar los obreros de la hora undécima, si el día tenía doce horas para laborar? Mucho, según el patrono. Los esfuerzos de los primeros peones podían decaer con la fatiga y decelerar el ritmo de trabajo que estaba produciendo dividendos aceptables. No había razón para reemplazar, sino redoblar esfuerzos. Ante tal visión, Jesús mira con compasión la triste multitud, llena de quebranto, dolor y necesidad espiritual. Reconoce que la mies es mucha y los obreros son pocos para recogerla. ¡Que no se pierda la cosecha!, exclama Cristo, ante la inmensa viña de mortales que necesitan salvación y vida eterna.

Por eso, el Señor sigue buscando, en toda la jornada de la existencia humana, gente desocupada en la plaza del mundo; capacitando al inutilizado por los golpes de la vida, para cosechar para el Reino Celestial. Lo que nos sorprende es que ya el día declina, el mundo se anega en la oscuridad de la maldad y concluimos que no queda tiempo para hacer más. Estamos guardando nuestras herramientas de trabajo ante el final de la jornada. Pero, ¿sabes qué? ¡Es la hora undécima!, y todavía queda por hacer. ¡ES NUESTRO TURNO! Nos preguntaríamos, ¿por qué ahora y no antes? Porque el dueño de esta importantísima viña lo entiende así. Nuestros padres han trabajado fuerte en su periodo y todavía siguen mirando al horizonte exclamando: “¡Oh! No pensaba que esta viña era grande”. Pero a nosotros, que tenemos la fuerza del Espíritu, nos toca seguir esta empresa divina, redoblar fuerzas para cosechar las almas sin pensar que habrá otro día. No esperamos otro día. Este el día. Esta es la hora, ¡la hora undécima! ¿Estás desocupado? ¿Por qué? No guardes las herramientas de bendición. Te toca ahora. ¡ES TU HORA UNDÉCIMA!