
Ha llegado la “belle epocque” del año. Época esperada por pequeños y grandes, pues se sale de su cauce el río de regalos, para bañar la felicidad de todos, tanto del que recibe como del que da. Sonrisas, abrazos, besos, gritos de júbilo, incluyendo lágrimas, son las reacciones emocionales que caracterizan ese momento supremo de la desenvoltura de ese regalo recibido, no importando su tamaño. Eso hace de esta época una inolvidable, mística, especial.
Estoy seguro de que todos hemos recibido algún regalo en nuestro peregrinaje terrenal. También estoy seguro de que nuestro deseo, en nuestro interior, es seguir recibiendo regalos, aunque no sean tangibles. Sí. Un regalo no tiene que ser un objeto perecedero. Puede ser un acto loable, un favor inmerecido, un aumento de salario, una promoción en su empleo o una visita inesperada. Puede ser un abrazo o un beso de alguien que no se esperaba. Definitivamente, un regalo puede ser algo que aunque no se espera, llena de gran satisfacción al recipiente.

Sin embargo, surge la siguiente interrogante: ¿qué criterios existen para considerar un regalo como el mejor del mundo? Entiendo que es un concepto relativo y dependerá del momento y la magnitud de ese regalo, en ese momento específico.
Personalmente puedo decir que, el momento de decir “Sí, acepto a Zoraida como mi esposa” en el altar fue el mejor regalo para mí, pero en el año 1997. También considero como el mejor regalo del año 2000 el nacimiento de mi pequeña Naomi, además del nacimiento de mis otros hijos Lemuel y Zurisadai. Puedo incluir en mi apreciación como regalos formidables aquellos momentos cuando ingresé a las fi las del cuerpo ministerial de la Iglesia de Dios Pentecostal como evangelista, a la edad de veintidós años, en el año 1988; cuando me gradué de químico en la universidad; o cuando aprobé el examen de reválida de Química en el año 1990, siendo del micro grupo selecto de treinta aprobados dentro de 220 desaprobados. Es claro que todos son buenos regalos, pero ¿cuál es el mejor? No tengo la respuesta.
Debo entender que para usted también es un dilema señalar cuál es el mejor regalo. También sería difícil establecer quién dio el mejor regalo. Si usamos como ejemplo el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, podríamos hacer las siguientes preguntas: ¿fue un buen regalo la anunciación angelical a los pastores? ¿Lo fue la visita de los pastores al pesebre? ¿O lo fue la visita de los magos a la humilde residencia de los “hijos de David”? ¿Cuál regalo fue el mejor? Oro ¿para reafirmar la realeza del Príncipe de Paz? Incienso ¿para demostrar la santidad del Sacerdocio? Mirra ¿presagiando la redención vicaria de Cristo? ¿Qué me puede decir en cuanto al “texto estrella” de las Sagradas Escrituras (Juan 3:16)? ¿Quién da el mejor regalo? ¿Nosotros o Dios? Espero su respuesta.
Reflexionando sobre la conversación de Jesús con el fariseo Nicodemo, el regalo de Dios para el hombre es precisamente su Hijo Jesucristo. ¿En qué consiste dicho regalo? En que Cristo nos sustituye en la Cruz del Calvario y se ofrece por nosotros como Cordero de Dios, para quitar nuestros pecados, salvarnos y darnos vida eterna. El regalo de Dios se traduce en la salvación de nuestra alma por medio de nuestra fe en el Señor Jesucristo. No es un regalo que se toca, se come, se usa, se viste o se maneja. Pero es un regalo que se vive, se siente, que es real. Eso me hace pensar que ese debe ser el mejor regalo para nosotros. No se rompe, aunque se puede perder si no se aprecia. No es estéril, porque los resultados se reflejan en los cambios de nuestro estilo y percepción de vida, que afectan positivamente a nuestra familia y amigos. Sin lugar a duda, este es un regalo de Dios sin igual, ya que una sanidad, liberación o cualquier otra cosa no puede compararse con la paz que produce el ser justificado por medio de Cristo ante el Padre, y que se nos reciba como hijos amados.

¡Qué triste! Ver personas que no valoran tal regalo y lo rechazan como si fuese una corbata que pueda des combinar. ¡Qué tristeza! Se produce cuando se esperan con ansias regalos materiales que pueden tener corta duración, mientras que los regalos espirituales son duraderos que presagian más regalos que salen de la fábrica del cielo. Estos son regalos espirituales que se traducen en el favor inmerecido de Dios hacia nosotros, pero que por Su gracia lo ofrece.
Mi consejo es que, independientemente qué pueda ser para usted el mejor regalo, nunca desprecie un regalo tan inigualable como la salvación de su alma a través de Cristo. Para Dios, ese sería el mejor regalo que le podamos ofrecer. Podríamos regalarle a Dios nuestro tiempo, esfuerzo, dedicación, finanzas, conocimientos, habilidades y capacidades. Sin embargo, Dios te pide una cosa: Tú corazón. “Hijo mío, dame hoy tu corazón y tus ojos velen por mis caminos.” Proverbios 23:26.
En este año, medite qué vale más: ¿un carro nuevo, un aumento de salario o la salvación de su alma, que nos lleva a la paz con Dios?
A propósito, para usted, ¿cuál sería el mejor regalo?: ¿la salvación de nuestra alma, la corona incorruptible de gloria, el cielo prometido, las mansiones celestiales, la eternidad, el encarcelamiento del diablo o estar con Cristo?
¿Cuál escoges? Decide bien.