MAESTRO… QUE INSPIRA Y TRANSFORMA

Escrito por: Rdo. Héctor “Tata” Rivera Renta / Padre. Maestro. Pastor.

Aprender se define como “adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia.”

El magisterio, como experiencia de enseñanza y aprendizaje, es tan antiguo como la humanidad misma. Esto es así, porque los primeros maestros en esta tierra fueron los padres y los primeros discípulos los hijos. Desde ese principio simple y sencillo, la actividad educativa e instructiva, ha mantenido una constante que la ha identificado por milenios. Y la seguirá identificando hasta que ya no sea necesario, posiblemente en la eternidad. Esa constante es el modelaje, es decir, servir como modelo de lo que se pretende enseñar, a fi n de que sea aprendido, a manera de imitación, por el discípulo.

MODELAJE

La importancia del modelaje, que no es otra cosa que vivir lo que se enseña, ha sido señalada por múltiples fi guras de la sociedad, tan variadas como la enseñanza misma.

El economista francés del siglo XVIII, Anne Robert Jacques Turgot escribió: “El principio de la educación es predicar con el ejemplo.” En palabras similares, el siquiatra Karl A. Menninger de Topeka, Kansas en EUA, expresó: “Lo que es el maestro, es más importante que lo que enseña.”

En las Sagradas Escrituras, específicamente en los evangelios, Jesús de Nazaret se identifica a sí mismo como Maestro: “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.” (Juan 13:13) Y añade: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” (Juan 13:15)

La nota más distintiva del ministerio magisterial de Jesús, fue su extraordinaria capacidad para inspirar a sus discípulos a imitar sus ejecutorias y seguir sus pisadas sin mirar atrás.

Como lo escribe con toda autoridad el apóstol Pedro: “…dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. (1 Pedro 2:21c) Y no solo Pedro, sino que también el apóstol Pablo lo indica: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1 Corintios 11:1) Tan es así, que dos mil años después, los creyentes cantábamos “que hermoso es seguir las pisadas del Maestro,” cuando en la iglesia se cantaban himnos.

La más clara evidencia de la gracia y la sabiduría de Jesús como Maestro que inspira, y también transforma, la vemos en las primeras ejecutorias de sus discípulos cuando Él ya no estaba con ellos. Tras el milagro de sanidad del conocido “cojo de la puerta La Hermosa,” las autoridades judías le reclamaron a los apóstoles, cuestionándoles su autoridad. Al hacerlo notaron algo inusual. Dice Lucas: “Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.” (Hechos 4:13) Esa frase final define con gran resonancia y claridad, la gran influencia e inspiración que tuvo la enseñanza de Jesús en ellos.

Siguiendo el ejemplo de Jesús en la Biblia y de otros maestros que han inspirado a sus discípulos en la historia secular, es importante que veamos la situación de la educación en la actualidad. Se han ido asomando grandes cambios, especialmente en el contenido de las materias a enseñar, como lo son los idiomas, historia, matemáticas, ciencias y otras. Me refiero a la llamada educación pública y secular.

El maestro de sólida formación valorativa y de principios espirituales y sana convivencia, tiene un gran reto ante sí, al igual que una inmensa responsabilidad. Al afirmar esto, lo hago por dos razones.

Primero, porque su enseñanza, si ha de ser inspiradora y transformadora, como debe ser, debe tener como fundamento la verdad. Cada materia de enseñanza tiene unos postulados que le dan autenticidad, en los cuales el maestro se ha preparado y que el alumno debe conocer.

En segundo lugar, y pienso que es el verdadero reto, es la multiplicidad de “maestros” que hoy tiene la gran mayoría de los estudiantes, en todos los niveles. La competencia que tiene el maestro de hoy, como dirían los muchachos en su lenguaje coloquial habitual, es “brutal.”

No creo necesario entrar en detalles al respecto, pero si debo decir sin temores de ninguna clase, que las agendas de muchas agencias gubernamentales y otras entidades y organizaciones privadas, encaminadas a la “deconstrucción” cultural con el propósito de deformar, en unos casos, destruir para reconstruir a su antojo en otros, y no de transformar, constituyen un reto desafiante a la educación como la hemos recibido y conocido. Y eso va a requerir firmeza y valor del educador que quiere mantenerse fiel a su profesión, como aquellos discípulos que dijeron “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”

Así les ayude Dios.

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